Vivía como un ermitaño;
aunque aquel día en la ciudad
iba vestido de disanto,
andando altivo y sin reblar.
Resonaba en torno suyo
la fascinante y dulce voz
que bajo el sortilegio de los tambores
y acompañada de la zanfona
aliviaba el mal de amores…
Se sentó en la oscuridad silencioso
hablando con su espíritu inquieto,
en lo más íntimo de su corazón,
herido y lastimado, le atormentaba la duda.
Un rayo de «fe» le asalta, brilla,
siente que ruge algo por dentro,
capaz de romper la espesa bruma,
donde pueda crecer la flor ansiada
y más tarde o más temprano
traiga la paz, la cordura, la alegría…
Jierro
