Los valles de ARÁN y BOÍ hasta la mitad del siglo XX, cuando caía a final de otoño la primera manta de nieve, quedaban cerrados y solo por el norte, los araneses podían escapar hacia tierras occitanas. El glaseado de agua sólida convertían el paisaje en un níveo y silencioso lugar. Sus habitantes se refugiaban en las casas, el ganado permanecía en los establos y la actividad era mínima. Prácticamente todo el mundo caía en la hibernación como el oso pardo al ver que no tenía bayas para comer.
Sin embargo, ahora es todo lo contrario: hileras de coches enfilan las carreteras y centenares de esquiadores se dirigen a sus estaciones de esquí. Todos los pueblecitos parecen sacados de postales. Casas de piedra oscura coronadas por tejados de pizarra inclinados…
En cada localidad, el puntiagudo campanario de una iglesia medieval que guarda secretos escondidos y habla el aranés. La vida invernal en ARÁN y BOÍ cuando aparece el sol, no muy temprano, es una feria, un ejército de personas vestidas de colores fosforescentes se deslizan al aire libre por las montañas. A su paso marcha la economía del valle: hostelería, restaurantes, tiendas de moda y material deportivo…
La gente más inquieta aprovecha para perderse por los pueblecitos de las inclinadas laderas y así descubrir joyas arquitectónicas donde se muestra cómo era la vida antes del esquí. Como, por ejemplo, el «Haro», plantado en LES o ARTIES, un enorme tronco que preside la plaza del pueblo todo el año hasta que llega el solsticio de verano; entonces se le pega fuego con las antorchas que bajan los habitantes de una montaña vecina. Un espectáculo arcaico que la UNESCO ha declarado PATRIMONIO INMATERIAL de la HUMANIDAD.
El túnel de VIELHA salva un desnivel que parece reservado a cabras salvajes, sin embargo, contrabandistas y pastores podían ascender el collado situado a 2444 metros de altitud…, cuando se pasa el túnel es como si se viajara del gris Atlántico al azul mediterráneo…
En BAUSEN los románticos visitan la tumba de «LOS DESESPERADOS de BAUSEN». Cuenta la leyenda que hace un siglo un cura impidió a una pareja de enamorados que se casaran por la iglesia por ser parientes lejanos, si no se daba una donación cuantiosa. Como ellos no la poseían se vieron obligados a vivir en pecado. A su muerte, el capellán se negó a darles sepultura en el cementerio católico y los habitantes del pueblo cavaron una tumba fuera del camposanto. La fosa está cubierta con una sencilla lápida de mármol blanco y siempre tiene flores frescas.
Mil años después, los templos levantados en el valle de BOÍ se escalonan a lo largo de la ladera. Son la perfección de lo sencillo. Su estructura románica enamora con campanarios que rozan el cielo y las obras de arte que albergan en su interior: Sant Climent de Taüll, Sant Joan de Boí, Santa María…
Jierro
Imagen: LBM1948, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
