Y se quedó lanzando improperios,
en la parada de autobús establecida,
después de aquella espera, al sol ligero,
sin consuelo ni roce de mano amiga,
con la explicación del conductor, la «NORMATIVA»,
de que no podía admitir más pasajeros.
Después de la jornada de dura calima,
cansado, sudoroso y sin dinero,
se sentó en el bordillo de la acera,
para ver, si en la noche que caía
pasaba algún otro autobús, de nuevo.
Se alivió al notar que no estaba solo,
en verano, la gente se movía,
visitando jardines y monumentos,
las calles de la ciudad bullían,
sobretodo, turistas europeos,
con ropa informal y zapatillas,
alternan tabernas y museos,
cargados de móvil y mochila.
¡LOCURA de CIUDAD!
Me iré al monte, allá a lo lejos,
donde con calma miro al mar,
y en la noche las estrellas son mi techo.
Jierro
Imagen: John Brighenti, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons
