El hombre del piano rogó silencio
con el índice sobre los labios,
luego deslizó sus manos en el teclado.
Se abrió en estallido
un surtidor de notas en cascada,
¡Qué sin poderse parar!
Llenó el espacio de una melodía apasionada,
como una puerta que se abre
donde entran recuerdos de otro tiempo,
de luz, frescura y belleza,
que redime al alma y al cuerpo.
Su eco nos persiguió luego
encendiéndose tan de prisa,
como vendaval perfumado
llenó la casa vacía.
Y rompió en el silencio
los tiempos de melancolía,
en cristales violetas lívidos,
mezcla de lágrimas y sonrisas…
Jierro
