En Marruecos nuestro vecino del sur, todos los colores, sonidos, sabores y olores tienen cabida. Desde las cumbres del Atlas pasando por el bullicio de la Medina hasta alcanzar la desnudez del desierto…
Es también Marruecos un cruce de caminos. Por aquí pasaron fenicios, cartagineses, romanos, árabes….
A estas tierras se debe ir para ver cómo y por qué ofrecen tanto, aun sabiendo que jamás serán conquistadas del todo.
Entre el alma guerrera del árabe y la templanza del comerciante beréber hay que entender lo que se mide con una escala de valores que tiene raíces profundas. Que están impregnadas en sus genes…
Este país de 458.730 kilómetros cuadrados y más de 30 millones de habitantes. El Mediterráneo y el Atlántico dulcifican su clima y hacen generosas las lluvias en las zonas costeras . No ocurre igual en las tierras del sureste donde resulta frecuente que pasen varios años sin llover…
Los laberintos abigarrados de las medinas de Fez, Marrakech, Rabat, Mequinez, Tánger o Tetuán esconden tesoros en cada rincón.
Desde la cumbre más alta del país sobre la espina dorsal del Atlas por carreteras que serpean infinitas se puede llegar al desierto donde encontramos la arena y los horizontes sin límites del Sáhara…
En la frontera que va de este a oeste, se encuentran las kashbas y los pueblos más coloristas, los palacios ocultos, los oasis desbordantes de vida, el murmullo de fuentes secretas y los frondosos palmerales.
Todas las ciudades del país poseen algún don especial capaz de atrapar al viajero: en Tarudant es el misterio, la leyenda de las tribus del río Sus, los puestos de especias y amuletos, la invitación al secreto y la brujería; en Safi, el arte de la alfarería; en Essauira, que conocemos como » LA BELLA «, los míticos cañones de su espectacular fortaleza, la playa, la medina y su puerto…
Y en CASABLANCA, la otra cara de Marruecos. Son los contrastes, la cohabitación de la chilaba y el velo junto al diseño italiano y los tacones de aguja, del burro y el Mercedes, de los rascacielos y las casas de hojalata, la Gran Mezquita y los miserables suburbios…
En Marruecos todo se negocia: el tiempo, las compras… ¡Hasta las miradas! Al visitante se le observa y, según convenga, se le da o se le quita la confianza mientras se disimula un encuentro casual o directo. El país vive ahora una época incierta, apresurado por la esperanza, donde la vida depende del azar del día a día.
Aquí hay que dejarse llevar en el laberinto de callejas, en las insólitas trastiendas que nos recuerdan otros tiempos, el olor y el color de las curtidurías, los patios ocultos, el cafetín sin nombre, los encantadores de serpientes, echadores de cartas, acróbatas, danzarines y cuentacuentos, de sones musicales y extrañas historias…
Jierro
