En la sombra de la higuera centenaria
de tronco gris, bajo su falda,
cogíamos brevas rayadas y maduras,
eran niñas de ciudad, no acostumbradas
a ese descubrimiento en su nueva casa,
unos meses de vacaciones en la montaña.
En la neblina del alba, la blandura,
cuando la aurora tras los montes asomaba
despertando a la noche, llega la mañana,
En el fondo del canasto forrado de verde,
la blanda fruta sobre hojas anchas,
depositamos con mimo, con ternura,
y comimos las brevas despuntadas…
Su leche enrojecía nuestras manos.
¡Parecen más ricas debajo de sus ramas!
Más que nunca, el dulce desayuno,
sentadas sobre cepas viejas, ellas disfrutaban…
Jierro
