Marruecos es un cruce de caminos. Por aquí pasaron fenicios, cartagineses, romanos, árabes…
Quien llega a Marruecos por primera vez se sumerge en un sueño. Su paisaje y sus gentes, la luz y los olores son tan variados y abundantes que cuesta acostumbrarse.
Los laberintos abigarrados de las medinas de Fez, Marrakech, Rabat, Mequinez, Tánger o Tetuán esconden tesoros en cada rincón…
Buscaremos curiosos la arena y los horizontes sin límites del Sáhara, aunque queda muy lejos.
En la frontera que va de este a oeste se encuentran las kashbas y los pueblos más coloristas, los palacios ocultos, los oasis desbordantes de vida, el murmullo de fuentes secretas y los frondosos palmerales…
La otra cara de Marruecos son los miserables suburbios, aislados por infranqueables muros, la cohabitación de la chilaba y el velo…
Marruecos es un país eminentemente agrícola y dedicado al pastoreo, que dibuja su paisaje con el continuo ir y venir de unas gentes diseminadas por todas partes, a cualquier hora del día o de la noche.
En Marruecos todo se negocia: el tiempo, las compras…¡Hasta las miradas! El país vive ahora una época incierta, apresurado por la esperanza, donde la vida depende del azar del día a día.
Nos sentiremos observados y, según convenga nos darán confianza o no mientras se disimula un encuentro casual o directo.
El Mediterráneo y el Atlántico dulcifican su clima y hacen generosas las lluvias en las regiones costeras.
No ocurre igual en las tierras del sur y sureste, donde hay bastante sequía.
En el alma guerrera del árabe intentaremos entender la escala de valores que se mide con otros parámetros, con una sentida templanza de raíces profundas.
No habrá lugar, por remoto que sea, donde no se tope con la sonrisa de un niño o con unos ojos curiosos que nos observen…
Jierro
