La hierba verde está quemada,
amapolas no florecen,
ni la brisa lleva olores
de plantas y flores silvestres
ni colores en la besana o el monte.
Y la sedienta viajera excava
en la triste y seca corriente,
en el cauce arenoso ahonda
de las grises y cenicientas aguas…
Pero la primavera no se detiene,
vuelve al prado y a la montaña,
al pie de los arroyos y las fuentes,
a las frutas que brotan en las zarzas,
torna la golondrina al viejo alero,
emigran nubes anaranjadas,
desde África con polvo del desierto.
Por fin, la lluvia cambiará el campo
a primorosos verdes y sosiegos,
el rumor de las aguas en los arroyos,
cual música antigua que sabe a besos,
cerca del mar, de la guerra lejos…
Jierro
