El saludo

El saludo

De vez en cuando encontramos en nuestro camino cordones umbilicales que nos hacen recobrar perdidas identidades. El saludo podría ser uno de ellos. Como toda manifestación humana, el saludo hunde sus raíces en el tiempo.

Dice HERODOTO que cuando los egipcios se encontraban inclinaban el cuerpo bajando la mano hasta la rodilla o, como era costumbre generalizada en Oriente, ponían la mano sobre el pecho.

Los griegos y los romanos utilizaban la fuerza de la palabra. Los griegos: kaire (alégrate), higiaine (hállate bien). Los romanos utilizaban el «ave» por la mañana y el «salve» para las tardes. En la Italia antigua redescubrieron el estrecharse la mano que ya lo practicaban los pueblos primitivos. Con la mano derecha que era con la que se manejaba el arma de guerra, al ofrecerla desarmada, el saludador se ponía a entera disposición de su interlocutor.

Fue en Roma donde se puso de moda el beso, aunque las invasiones de los bárbaros y la Alta Edad Media, acaban con el saludo como forma cotidiana de relación. Es a partir del siglo XVI y XVII cuando franceses e italianos rivalizaron en el donaire para quitarse emplumados sombreros ante encopetadas damas que doblaban las rodillas ceremoniosamente. Fue la edad de oro del menisco.

Es evidente que no saludamos o lo hacemos de mala gana cuando nos falta el humor. Cuando nos encontramos bien el saludo es una manifestación armónica y acompasada con el ritmo de las estaciones, del día y de la noche, del tiempo.

Rescatemos el saludo: el respeto no cuesta dinero. Hagamos de él una verdadera disculpa para la comunicación humana. Baste recordar que en los pueblos nadie pasa junto a otro sin que medie una palabra, ya que las gentes, en su medio natural, se saludaban «siempre».

Jamás nos aburrimos de realizar esta enigmática función del saludo. Tal vez porque sea una expresión vegetativa, un síntoma del sentimiento, un rito de bienvenida o despedida, un deseo de descanso y de paz.

Los árabes, en general, poseen uno de los saludos más completos del mundo. Al llevar su mano derecha del corazón a la frente pasando por la boca, nos está ofreciendo lo mejor de su ser: el sentimiento, la palabra y el pensamiento…

Jierro


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