Es difícil marcar la frontera entre el cambio que permite que la colectividad que hace y vive la fiesta, la que se construyó en el pasado y la hace vivir en el presente, se pueda desnaturalizar hasta hacerla desaparecer.
Cada fiesta tiene su tamaño ideal atrofiándose en lo demasiado pequeño o degenerándose en lo demasiado grande. Nos encaminamos hacia un ocio creciente o incluso ilimitado por medio de la automatización y la eliminación del trabajo, el incremento creativo del tiempo libre…
Lo cierto es que las fiestas convocan a millones de andaluces y son un poderoso factor de atracción turística. Tal vez, la fecha más simbólicamente representativa sea 1863, año en que el Ayuntamiento de Sevilla decide colocar sillas en la Plaza de San Francisco, para alquilarlas a los burgueses que deseaban admirar el paso de las Cofradías. Mientras contemplaban el desfile desde este teatro ciudadano, el pueblo llenaba las calles de los barrios para acompañar las hermandades más populares.
La SEMANA SANTA unida a la FERIA de abril creada en 1847, pasaron a ser en carteles de promoción turística las «FIESTAS DE PRIMAVERA». Las revistas ilustradas, los libros de viajes, las postales y el cine dieron fama nacional y universal a ambos festejos, ya para siempre unidos…
Reproduciendo los hechos por los próceres sevillanos de mediados del siglo XIX en un reciente invento para atraer turismo a la vez que un intento de reforzar la identidad de la ciudad se hace lo mismo con más agravantes en la ciudad de Málaga.
Tal vez este haber renacido en la modernidad, como algo obrado también por los medios de comunicación, han llevado a las fiestas andaluzas a convertirse en un espectáculo profano haciendo exclamar a muchos malagueños: ¿¡QUÉ HAN HECHO CON MI SEMANA SANTA!?
Jierro
