A lo largo de siglos y milenios, pocos pueblos han podido resistirse a la tentación de una fiesta en la que nada ni nadie es lo que parece. El carnaval nos da licencia para soñar por unos días que somos otros.
Toda la retahíla que se encierra en la palabra carnaval: caretas, afeites, simulaciones, inversiones… sirve para hacer un quiebro o una pedorreta a la normalidad. Si acaso aúna el cansancio de permanecer iguales ante los dioses, las estaciones, la distinta gente; incluso ante el mismo cuerpo serrano…
Los matices se multiplican. La disconformidad con el estatus, sexo, religión, raza, angustia de vivir, esperanza de renacer y ganas de divertirse, no conoce fronteras. Nuestro carnaval (antruejo, antroido, carnestolendas varias) procede de los tiempos romanos, como las fiestas lupercales y saturnales antecedentes de un tiempo que, al principio del cristianismo, aún era más irreverente que ahora.
Muchas generaciones de españoles conocieron el ayuno, y si no, la abstinencia de carne. Cada cual se amoldó como pudo a las restricción. Y cada cual se aligera como puede a tiempos de libertad, cuando bajo una máscara, sofisticada o sencilla, uno se cree que es alguien distinto por unos días o unas horas. La mascarada pretende parar el tiempo y la historia.
Hoy lo que a veces es sólo una caricatura, antaño supuso encerrar todo el ciclo simbólico de entrar de una estación a otra; de un estado (la soltería) a otro (el matrimonio); de la niñez a la pubertad a través de la circuncisión etc…
Se podría decir que otro tanto pasa con la Semana Santa, los Sanfermines, las fallas de Valencia etc… El día después de terminar, las cofradías, las peñas… vuelven a pensar en el siguiente año.
También se podría pensar que se basan las fiestas como protección del ciclo entero anual y guardan sus máscaras para remachar su esperanza de propiciar la lluvia, las buenas cosechas… O PARA DEJAR CLARO LO POCO CLARO QUE ESTÁ TODO EN EL FONDO…
Jierro
