Saint-Jean-de-Luz

Saint-Jean-de-Luz

Saint-Jean-de-Luz, es la ciudad vasco-francesa que mejor ha sabido conservar un viejo perfil marinero. De su pintoresco puerto zarparon en su día los más arriesgados balleneros y los más temibles corsarios de todo el Océano Atlántico.

San Juan de Luz huele a brea y a salitre porque está volcada y gira alrededor del mar. Un mar que, sobre todo, se hace presente en su activo y pintoresco puerto, al que siguen llegando numerosos pesqueros con sus bodegas repletas de sardinas, anchoas y bonitos.

Si damos un tranquilo paseo por la localidad, nos encontramos con edificios nobles y entre ellos «La Maison Louis XIV», un notable palacio construido en 1643 y que recibe su nombre porque se alojó este monarca durante los preparativos de su boda, cuando contrajo matrimonio con la infanta española María Teresa de Castilla. El enlace era la culminación de «LA PAZ DE LOS PIRINEOS», después de 20 años de guerra entre Francia y España.

Pero la boda real tenía una sutil trampa escondida: el pago de una exagerada dote por parte de la novia. Lo que fue aprovechado por los franceses para anexionarse varios territorios españoles en el Norte de Europa, ya que sabían los franceses que las arcas españolas estaban vacías… Cuarenta años después consiguieron instaurar en España la dinastía borbónica, cuando el nieto de Luis XIV, el duque de Anjou, se convertiría en Felipe V.

Solamente el puerto y los últimos metros del río Nivelle separan San Juan de Luz de Cibourre, desde donde se accede hasta los acantilados rocosos de Socoa, desde donde se divisan unas interesantes vistas de la costa vasca que se extiende entre la fronteriza Hendaya y la aristócratica Biarritz.

Para disfrutar de la mejor panorámica de todo el Laburdi, una de las tres provincias del País Vasco francés, hay que dirigirse hasta la última cumbre del Pirineo Atlántico en un antiguo tren cremallera, construido en madera, que sube está emblemática montaña donde se encuentra el pico «La Rhune»…

Jierro


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