Irlanda, Bretaña y Galicia son las tres puertas de entrada de Europa al Polo Norte. Son los lugares donde, bajo un cielo imprevisible, las borrascas dejan sus mayores aguaceros antes de seguir su camino a Oriente.
En la costa oeste de Irlanda, dentro de la bahía de Galway y con cinco mil kilómetros de Atlántico por delante existen tres pequeñas islas que los celtas llamaron LAS ISLAS ARAN que en su lengua significa «al otro lado de la cresta» o » la ladera que no se ve». El Océano embravecido golpea día tras día las cornisas marinas, desmoronándolas lentamente.
Los habitantes de ARAN siempre han vivido del y para el mar, navegando a diario haya o no tempestad en los curraths, unos esquifes hechos de lona embreada que no vuelvan nunca y aparecen y desaparecen entre las olas.
Pero lo que le da toda la personalidad a las islas es su aire puro renovado constantemente. Continuos vientos del norte arrasan y asolan la escasa hierba y dejan al desnudo la roca original. Las noches y los atardeceres en medio del susurrante océano invitan a la meditación y a la contemplación. Nada es en vano porque de las islas emana una rara «vibración» y el corazón intuye que algo indefinible mora allí, una armonía que ha modelado al paisaje con una inusual alianza del hombre con la Naturaleza…
Se descubren los líquenes, los nidos de las aves marinas, los musgos chorreantes de vida y verdor entre las rocas sueltas en el marco plateado del Océano infinito. Las islas de ARAN eran en un principio el lecho de un inmenso glaciar y al retirarse el hielo dejó sobre ellas su carga de rocas, las mismas que los isleños aún están retirando esmeradamente para limpiar los campos y levantar muros que los protejan del viento.
La única aldea se encuentra en «la isla de en medio» y en conjunto viven en el archipiélago unos 2000 habitantes que bromean a menudo con el clima, afirmando que un día soleado podría ser un indicio del fin del mundo.
En los últimos siglos los habitantes emprendieron una gigantesca labor acumulando penosamente, día tras día, algas, arena, huesos de pescado etc… Tras siglos de trabajo y traer capazos de tierra en barco de la vecina Irlanda con las benéficas lombrices, el suelo lo agradeció y crecieron las primeras hierbas para alimentar a los animales.
De pronto, a través del cielo salpicado de estrellas, nace una franja de rayos rojos y verdes, luces acompañadas de un tenue silbido, LA AURORA BOREAL…
Jierro
Imagen: Giuseppe Milo, CC BY 3.0
