Más allá de la ciudad, en aquel sitio prohibido,
abandonada en un rincón entre muebles rotos,
estaba mi antigua muñeca de trapo.
Sólo cuando la volteé para verle la cara, vi el estropicio:
«Espeluzná», sucia y sin vida.
La cogí tiernamente, la abracé y regresamos a casa…
