En aquel viaje a Lanzarote
no esperaba encontrar más que una isla.
Comprobé que su color era distinto;
la atracción que ejerció sobre mí
fue tan grande como la fuerza de sus volcanes.
El rastro caliente que despedían las montañas,
estimulaba mis sentidos
y dirigía la vista hacia el horizonte perdido de César Manrique y José Saramago…
