Por sus mejillas corrían algunas lágrimas,
Ella, sentada en el zaguán de su casa,
con la humilde quietud de la soledad,
a la luz del sol dormitaba,
entre cabezada y cabezada,
veía el autobús que llega y se marcha.
El conductor de aquella línea,
familiarmente la saludaba,
y pensó acompañarle en el viaje,
así se distraía con alguna charla,
gente que subía muy deprisa,
gente que de prisa se bajaba,
saludos sonámbulos, sonrisas,
hizo que fuera costumbre su estancia.
Cruzando la ciudad cada día,
para luego regresar a su morada,
henchida el alma, llena de fantasía,
buscando abrazos, bellas palabras…
Iba llenando su corazón desierto,
olvidando las duras batallas,
y al despertar cada amanecida,
en el bus se marchaba,
era más que una costumbre divertida…
Jierro
