La ascensión humana hacia las cumbres, con todos sus peligros y dificultades, se convierte en el símbolo de nuestro propio espíritu, un deporte que todos deberíamos empezar a practicar.
Para subir a una alta montaña siempre se fija la mirada en la cumbre sin olvidar mirar donde se ponen los pies, asegurando los pasos pero sin distraernos del objetivo más alto.
«En los momentos difíciles, a menudo, hablaremos con la montaña, a veces halagándola, otras insultándola». La montaña responde dulcificándose, y sentiremos vergüenza de comportarnos como hombres primitivos…
Si vamos a la aventura dejemos alguna huella de nuestro paso, nos puede guiar a la vuelta: una piedra colocada sobre otra, unas marcas sobre la roca, hierbas tumbadas de un bastonazo… No nos detengamos jamás ante un declive ruinoso. Ni aún cuando pensemos que nuestros pies están firmes, el terreno se va derrumbando mientras recuperamos el aliento y podemos salir despedidos.
LA NATURALEZA tiene sus reglas y hay que saber respetarlas para no pasar un mal trago.
El reto de coronar la cima de una montaña puede ser muy excitante pero a veces se puede convertir en peligrosas obsesiones. Es importante establecer metas realistas, estar en buena forma física y mental y utilizar ropa y calzado apropiados…
La confianza en uno mismo es el punto más importante para llegar. Debemos tener en cuenta que nuestra mochila lleve únicamente lo necesario, pues tendremos que cargar con ella todo el camino sin que falte: protección solar, sombrero, agua y comida…
Ahora sí, cuando se llega a la meta, es algo importante recordar que la cumbre es la mitad del camino y hay que guardar energía para el regreso.
Además de haber conquistado la montaña, la única conquista es la de uno mismo.
Jierro
