Apartada del mundo y del sufrimiento,
el invierno y la primavera pasaron,
el amigo sol, hogaño, soltó sus alas,
teniendo la sensación de ser verano,
en todas las estaciones el mismo tiempo.
No escuchó la lluvia tras los cristales,
ni cogió margaritas en el llano,
desde el crepúsculo hasta el alba,
oyó las bellas partituras del piano.
Una carga de atrasada melancolía,
en la media luna del mes de mayo,
por los blancos visillos de la ventana,
las estancadas aguas amargas,
en su mirada iba derramando.
La piel del color de su toca de lino,
en la penumbra de los beaterios,
sin tomar los votos, como novicia,
seguía encadenada al convento.
Obsesionada por la hora del campanario,
diseñaba manteles y sábanas,
mientras entrelazaba encajes de bolillos,
recordaba su vida de palilleira,
cerca del mar y la montaña…
Jierro
