Muy temprano, en la puerta de la iglesia, con una carretilla y un sombrero, a diario vendía los cupones de la ONCE. Por la tarde, buscaba las esquinas, donde confluían varias calles, pues tenía sus clientes habituales…
Era una vida muy distinta a su vida anterior en el extranjero. Entonces era encargado de una fábrica, tenía una familia: una hermosa mujer y dos hijos; pero el alcohol cambió su vida, lo llevó hasta la indigencia y perdió a sus seres queridos… ¡Cómo pudo ocurrir!… Volvió a su antigua ciudad y voluntariamente contactó con un grupo de Alcohólicos Anónimos, que le ayudaron a rehabilitarse y a encontrar trabajo…
La bebida en una ocasión le había ganado la partida y ahora su penitencia sería ayudar a otras personas, como lo habían hecho con él… Tenía poco tiempo, la enfermedad lo había tocado sin remedio, sin ninguna esperanza, sin vuelta atrás de sobrevivir al veneno…
Estaba herido de muerte; pero iba a vender caras sus ganas y su energía… ¡Le plantaría cara a la parca! Libró muchos combates largos y encarnizados. En ocasiones le acompañaron sus hijos, cuando sus trabajos se lo permitían y aliviaban su dolor.
Él a su vez acogió a otros ¡como él! y su ejemplo, su buen hacer, su manera de transmitir y su cariño hicieron dar pasos adelante a muchos enganchados… Les decía: ¡Vive por ti y por mí! A pesar de todas las injusticias: ¡LA VIDA VALE LA PENA!
Jierro
