La historia del vestido comienza desde la prehistoria, con la necesidad de cubrir la piel debido a las situaciones climatológicas, en su historia es muy importante la creación de la aguja para poder ensartar el hilo, recortar las pieles y darles forma.
El vestido era una prenda unisex para ancianos y niños hasta el siglo XIX facilitando el cambio de ropa. Con el Renacimiento el entusiasmo por el progreso y el culto hacia la persona se traduce en un fuerte individualismo, lo que tendrá una clara repercusión en la forma del vestido considerado también un distintivo de las personas.
La necesidad del vestir es una realidad para vivir en nuestras latitudes. Pero no es menos realidad el despilfarro de energía, tanto en el uso de materias primas como en la actividad humana desarrollada por las grandes fábricas textiles, para abastecer grandes almacenes dispuestos siempre a lanzar una nueva y extravagante moda…
Está claro que la gran sensibilidad de nuestra piel hace necesaria la utilización de medios protectores frente a los estímulos demasiados intensos del ambiente exterior (frío, calor, viento, lluvia, etc…).
El planteamiento higiénico del vestir está relacionado con las fibras naturales, sin embargo, la aparición de las fibras sintéticas supuso una gran revolución, parecía en aquel entonces, que las fibras tradicionales iban a caer definitivamente en desuso. Su mayor «COMODIDAD», debida a la ligereza, facilidad de lavado y secado… Hubo también fuertes motivaciones económicas que posibilitaron su «TRIUNFO».
Aunque esa inconfundible y agradable sensación de los tejidos naturales desde un punto de vista higiénico, no existe comparación posible, ya que la piel no debe cubrirse con fibras sintéticas, pues, además de su desagradable tacto, almacena gran cantidad de electricidad estática y a muchas personas le producen reacciones cutáneas…
Lo más adecuado son las prendas de algodón. Durante el verano se usarán tejidos ligeros y de colores claros para contrarrestar el efecto de los rayos solares. El mejor calzado serán alpargatas, sandalias o zapatos con suelas bajas. En invierno se usará preferentemente la lana para protegernos del frío y la humedad.
El cuerpo no debe cubrirse exageradamente, las personas frioleras que se abriguen mucho pueden ir aligerándose de ropa de modo paulatino (como las cebollas), si se practican ejercicios gimnásticos y lavados breves con agua fría, el organismo se estimula y produce calor. Nuestro vestido debe ser una segunda piel…
Jierro
