El espíritu del lugar

Los espíritus están en todas partes: en los bosques, en las montañas, en las grutas, en los ríos… El humano necesitó creer que la NATURALEZA tenía vida propia. Para sobrevivir, para vencer la angustia, para derrotar a su miedo, para explicarse lo que no podía comprender, el humano imaginó que la NATURALEZA (los montes, los ríos, las grutas) se parecía mucho a sí mismo y que se estremecía, reía, lloraba, gemía, bailaba y tenía poderes mágicos. Y moría cada noche. Y resucitaba al amanecer. Y esto era posible porque la NATURALEZA estaba animada por los espíritus, los espíritus que nos habían precedido y los espíritus de lo desconocido. Algunos espíritus eran propicios, otros eran adversos. Algunos daban buena suerte, otros atraían la desgracia…

Sólo los extraños aprecian la belleza de un lugar. Sólo los que vivimos rodeados de ruido y de gente podemos maravillarnos ante una gruta o un acantilado. En todos estos lugares tuvo que haber alguien que imaginara alguna vez que allí se ocultaba una divinidad benéfica o un demonio terrible, al que rezó en las noches de invierno o ante el que bailó en las mañanas de primavera. Y en algunos de ellos, algún día, tuvo que vivir alguien que al igual que hizo el sabio griego, TALES de MILETO en el siglo VI a.C., imaginara que el agua era el principio de todas las cosas y dijo hace 30 siglos que el origen de la vida está en el agua…

De esta idea tan antigua como el «HOMO SAPIENS» y su sensación de indefensión ante lo desconocido, se deriva «el espíritu del lugar». Y la idea ha sobrevivido en muchas culturas, lo que demuestra lo arraigada que está en el inconsciente colectivo: los dioses coléricos y lujuriosos de la mitología griega, las hadas de los cuentos populares, los gnomos de las leyendas escandinavas, los elfos de Tolkien…

Y cualquiera de nosotros, en la desembocadura de un gran río o en un lago en el fondo de una gruta, siente la presencia misteriosa de una materia primordial: ésa que hizo posible, no sabemos cómo, el origen de la vida…

Jierro


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