Jaramagos amarillos,
colorean los oteros,
yo me quedo contemplando,
entre la verde arboleda,
el horizonte infinito,
cuando el día va acabando.
Anochece, el sol se acuesta,
en tanto, sale la luna,
sube y sube, poco a poco,
tras las montañas oscuras.
Y mientras el pueblo se duerme,
sola en un sitio extraño,
como una humilde violeta,
a mi corazón dolido,
lo llevo a donde me esperan.
¡Te echo de menos casita,
y al lugar donde te encuentras!
¡Ay, quién fuera golondrina,
con unas alas ligeras,
volaría de vez en cuando,
a aquella querida sierra!…
Jierro