La aventura de viajar en tren en el siglo XIX simbolizaba el ideal de progreso. En pocas décadas, los paisajes de muchas naciones se llenaron de raíles, túneles, puentes y estaciones; se hizo posible cubrir grandes distancias en tren y en 1848 se anunció la primera línea de ferrocarril de la Península Ibérica, que unía BARCELONA y MATARÓ.
Escribía un periodista, Sidney Smith: «El hombre se ha convertido en un pájaro y el tiempo, la distancia y la demora desaparecen». La velocidad que alcanzaban los trenes era de 41 kilómetros por hora, el Expreso de Madrid – San Sebastián, el más rápido de España y empleaba en recorrer los 614 kilómetros de distancia en un total de 15 horas y media. Era veloz comparado con las diligencias que circulaban a 10 kilómetros por hora y más barato, pues el billete de ferrocarril valía menos de la mitad…
Los vagones estaban divididos en compartimentos separados entre sí por tabiques. Se accedía a ellos desde el exterior por puertas laterales. Cada vagón tenía un pasillo central de acceso, lo que dificultaba los desplazamientos internos por el vagón y un estribo que corría a lo largo del exterior del coche. Cuándo lo había, el vagón retrete, estaba siempre al final del convoy…
Los pasajeros pertenecientes a la alta sociedad viajaban en primera clase y la segunda o tercera clase sin compartimentos separados. El tren fue fundamental, sobretodo en los movimientos migratorios del siglo XIX. Mientras los de primera y segunda clase eran asientos mullidos, los de tercera consistían en bancos de madera y ocupaban los extremos del tren más expuestos a cualquier comisión… También podían estos trenes arder con facilidad al ser de madera, pues en muchas ocasiones se derramaba el aceite que iluminaban la noche…
El mal tiempo y la falta de mantenimiento eran las principales causas de accidentes ferroviarios. En 1871, por ejemplo, el CORREO de ANDALUCÍA sufría retrasos de hasta tres horas porque en el puente de Vilches (Jaén) los vagones debían ser desenganchados de la locomotora y empujados uno a uno hasta el otro lado, pues no había garantía de que el puente aguantara su peso.
Las nevadas podían detener un tren en medio de la nada y dejar a sus ocupantes a expensas de los ataques de los lobos. Existían otros muchos riesgos: apedreamientos a su paso por pueblos o descampados, invasión de las vías por animales, que podían llegar a producir un descarrilamiento. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades: VIAJAR en aquellos TRENES, era una auténtica AVENTURA…
Jierro
