La tarde desaparecía,
se escuchaba el silencio,
soñando entre olivos,
me admiró el lamento
de unos pajarillos
que habían quedado presos
entre una alambrada
muga del arroyo y el huerto.
Al contemplarlo, curiosa,
sufrí de dolor ajeno
y como pude, temblando,
libertad di a los presos.
Bajo los altos pinos
revoloteaban contentos.
Allí, el murmullo de la vida,
se escuchaba en el silencio.
¡Qué alegría y qué gracia!
el de sus continuos aleteos,
dibujaron mil piruetas
en señal de agradecimiento
y juntos emprendieron la senda
hacia su nido secreto…
Jierro
