Un hombre huía de las llamas,
corrió como un loco hasta el río,
tras mirar a la oscura lejanía,
contempló las estrellas altas.
Empezaron a dorarse los cerros,
y a la negrura dominante soplaba,
el viento de Poniente que tenía,
la fuerza de propagar el fuego,
pasando de montaña a montaña.
El hombre siguió corriendo,
con extremo cansancio, sin alas,
con dolor de cuchillos siniestros,
un dolor de bosques sin nada.
Tristes ojos acechan el campo,
en la calle, tras las ventanas,
encogidos de temor y espanto,
se perdía la vista en el valle,
en la tierra negra calcinada…
Mientras vamos andando, pregunto por las flores,
por los nidos de los pájaros, sus moradas,
¿dónde están las mariposas que no nacieron,
colgadas entre ramitas sus ninfas o crisálidas?
¿dónde se esconden los ciervos, las ardillas, la fauna…?
Lloramos por ti, viejo bosque,
ante ti derramamos las lágrimas,
el viento aventurero del Oeste, entonces,
empujando a la negrura de la noche,
quedará parado en veredas solitarias.
Plantaremos en el monte esta pancarta:
¡Habrá que empezar de nuevo!
Nunca debemos perder la esperanza…
Jierro
