Un día de otoño, pasaron ya sesenta años, llegó una familia como las de antes: padres, hijos, abuelos, nietos a instalarse en una casa que habían comprado en el pueblo; pues ellos, vivían a unos diez kilómetros, pero al no existir medios de transporte, ni disponer de otros vehículos que los mulos y burros, decidieron irse a vivir allí, sobre todo para que los nietos pudiesen asistir a la escuela…
En su cortijo del campo, iba quincenalmente un maestro-amigo, que pernoctaba tres días, enseñando a niños y adultos las cuatro reglas y luego seguía hacia otro cortijo. En aquellos tiempos, el oficio de maestro era bastante duro y mal pagado, pues a cambio, recibía cobijo, comida y poco más…
Como ya los abuelos eran mayores, no podían ayudar mucho en las tareas del campo, entonces decidieron que los mayores y los niños quedarían en el pueblo y los que tenían edad de trabajar, se trasladarían cada día desde el campo hasta el pueblo, cuando terminaba su jornada laboral con sus burros y mulos…
Los niños, podrían asistir diariamente a la escuela, los abuelos y la madre harían las labores domésticas más el aprovechamiento de los frutos del campo para venderlos…
Cuando por las tardes llegaban las recuas cargadas de hortalizas, frutas y yerbas del campo, los demás miembros de la familia, salían a la puerta de la calle, para ayudar a descargar.
Extendían la alfombra pasillera de esparto por medio de la casa para que pasaran las bestias y las guiaban hasta las cuadras, donde dormían y descansaban…
El abuelo, recogía el esparto, cogollos de palmas y mimbres que habían recolectado sus hijos. Lo ponían en lebrillos apartes con agua durante un día para que se cociera y luego los trataba a cada uno de una forma distinta para hacer sombreros, canastos, ceretes, cestas, espuertas, alfombras, pasilleras, capachos, forros de garrafas y botellas, tiras para hacer quesos, etc…
El esparto, lo trabajaban después de sacarlo del agua y secarlo al sol, lo majaban con un mazo y ya quedaba listo para hacer las cuerdas y la pleita… También hacían pleitas con las palmas, era más fácil de trabajarlas y podían hacerlas hasta de quince ramales… El mimbre es más duro y flexible y se fabricaban desde canastas hasta muebles…
Los abuelos se sentaban en la puerta al sol y hacían metros y metros… Luego lo cosían; se utilizaban para hacer los distintos diseños que sabían o inventaban… Otro día, los serones, venían cargados de granás o membrillos, lo ponían en cestos a la entrada de la casa para venderlos.
Entre la madre y la abuela cocinaban la riquísima carne de membrillo y ésta era su receta:
A un kilo de membrillos sin piel, cocido y pasado, medio kilo de azúcar. Se mezcla muy bien y sin parar de mover en un perol al fuego hasta quedar muy dorado y cocido…
Al día siguiente la carga era de higos y los abuelos, en el patio en un tablón, los ponían uno a uno a secar al sol, les daban la vuelta hasta que estuvieran bien secos, los introducían en ceretes para conservarlos y venderlos…
Se hacían dulces deliciosos como el pan de higos: secos los higos, se picaban con una maquinita manual, luego se añadía matalahuga, almendras picadas y un poco de anís; se amasaba y se le daba forma de panecillo…
Los higos más feos, se cocían en un perol en la candela, se movían, de cuando en cuando, mucho tiempo hasta que todo se convertía en un líquido oscuro y pegajoso que se llama ARROPE y servía para endulzar las gachas o era un sustituto de la miel…
Fabricaban mermeladas de naranjas, higos, manzanas, acerolos, moras, etc… Maceraban licores de membrillos, cerezas, café, endrinas, etc… A medida que avanzaba el otoño, los serones venían cargados de hortalizas, limones, naranjas, cidras, etc…
Se aprovechaban las mondas de los limones y naranjas; se secaban en cuerdas y luego se llevaban a un almacén para venderlas. Con la cáscara de la naranja se hacía la pólvora…
Cuando venían las algarrobas, se vendían para aprovechar las semillas como espesante y, del fruto, sacaban sucedáneos del chocolate y harina de algarroba. Las que tenían defectos se guardaban para los animales…
El trabajo familiar era una cadena en el que participaban todos, también los niños cuando salían de la escuela, tenían que dedicar un par de horas para ayudar a la familia… Partían las almendras: las pepitas la echaban en tarros de cristal y las cáscaras se guardaban en sacos para encender el brasero en el invierno… La preparación de la aceituna era más laboriosa, los más pequeños la partían con un mazo y la echaban a un lebrillo con agua… luego la abuela, en una orza, echaba agua de la fuente a punto de sal, para ello ponía un huevo crudo en el agua e iba añadiendo sal hasta que flotaba… se picaban pimientos verdes y rojos, ajos e hinojos… se dejaba un mes reposando y listas para la mesa…
Cuando llovía, se echaban bellotas o castañas en una olla con agujeros en el fondo y se metía en la chimenea para asarlas… también se compraban asadas al castañero que las ponía sobre un infiernillo con carbón al rojo vivo…
Así transcurrían las semanas, preparando los ingredientes para hacer los dulces navideños, el polvo de batata y la cidra…
También vendían miel, pues tenían colmenas y ellos mismos las castraban para comerciar, dejando su parte a las abejas…
En la costa de Málaga, se cultivaba la caña de azúcar para llevarla a la fábrica y además fabricaban miel de cañas…
En el pueblo, el otoño, traía unos olores entrañables a tierra mojada, pan recién horneado, membrillos, pringue colorá, castañas asadas… Los olores de la lluvia son los que echo más de menos… esos olores, lo llevamos impregnados en los genes.
Muy temprano, en la calle, se escuchaba pregonar al «niño de los molletes», con una gran canasta en la cabeza, cubierta con un paño limpio y blanquísimo y un pan humeante, «MOLLETES CALIENTES».
Mi abuela me mandaba a «CASA TRINI». Allí también vendían molletes, además de la mejor pringue colorá que se hacía en el pueblo… la pringue tenía chicharrones que se untaba a los molletes… Compraba diez reales de pringue bien despachá… si nos la despachaba muy bien Trini, en un cartucho de papel de estraza y además vendía muy buenos productos caseros elaborados por ella…
Todos estos olores y sabores, me traen el recuerdo de otros otoños más húmedos, cuando me ponía muchas veces mi impermeable de Caperucita Roja con mis botas de agua…
Jierro
