Mi nombre es… bueno, creo que es mejor contar mi historia antes de presentarme, porque a primera vista mi identificación nada significaría. Vivo en una ciudad que forma parte de un mundo extraño y a veces incomprensible para el lector. Digo mundo extraño para los seres que no son parte de él; para mí, lo mismo que para millones de vecinos míos, todo lo que aquí ocurre forma parte de la más cotidiana realidad.
Para describir una ciudad de mi mundo usaré su terminología y costumbres. La ciudad tiene sectores, cada sector tiene calles, la calle tiene números y cada número tiene dos viviendas. Nadie puede entrar en una calle si está completamente llena; lo que se traduce en que no se puede entrar en una vivienda que esté ocupada; la ocupación de las mismas sigue un orden estrictamente establecido, de tal forma que cuando alguien llega a una ciudad se dirige al sector más bajo libre.
Sólo razones ajenas a nosotros (y sudor cuesta) puede hacer desalojar los niveles inferiores para ocupar los superiores; aunque la naturaleza es tan sabia que con el paso del tiempo, las cosas vuelven a su estado original. Por supuesto, también devolvemos el trabajo que nos prestaron para ese ascenso de nivel.
En las ciudades de mi mundo, todo funciona con puntualidad milimétrica: aquí los sobresaltos por grandes cataclismos se suceden, pero a nadie asustan, porque son consecuencias de las leyes que rigen el universo; los horarios se cumplen puntualmente; las viviendas son individuales; puede accederse a ellas si están libres y nadie se enfada si encuentra su casa ocupada, porque inmediatamente tiene otra disponible para él;
Si alguien desaparece (nosotros no podemos llamarlo muerte), nadie llora, porque siempre existe aunque sea en otro estado, y la ley natural dirá cuándo vuelve a la forma original. Desde su punto de vista podemos decir que la reencarnación para nosotros es algo normal. Todo habitante de mi mundo tiene un lugar fijo y sus obligaciones concretas. Sabe siempre cuál es su puesto y los cometidos que tiene que realizar, no tiene problemas a la hora de abandonar su residencia en una ciudad determinada para desplazarse a otra, porque en el destino siempre tiene su casa preparada y las rutas de viaje están perfectamente determinadas. Ninguno de mis vecinos se encontrará fuera de su domicilio salvo el tiempo de tránsito a otro lugar.
Yo soy fundamental en la naturaleza; siempre existí y siempre existiré, aunque no con el mismo aspecto. Pero quizás lo mejor sea empezar la historia por el principio, aunque el principio y el fin no existen para nosotros. Todo forma un continuo real como una circunferencia, que en cualquiera de sus puntos podemos empezar a andar y girar eternamente, siendo el fin un punto arbitrario, incluso el mismo principio.
Vivía yo en un lugar idéntico a otro de los muchos que la ley natural tiene reservado para los de mi raza. En un estado de radiante felicidad transcurría el lento desgranar de mi vida. He de decir que uno de mis días es muy pequeño en comparación con los del lector, en un día humano caben millones de mis días. Mientras viví en esta primera ciudad de mi historia residí en el sector 3, calle S, número 0, casa S-1\2. Mi sol (hablo en su lenguaje para que me entiendan) era de los más gigantes conocidos y desde él nos llegaba toda aquella vitalidad que necesitábamos.
Por debajo de mí había dos sectores completamente llenos y, por encima, estaban el sector 4, completo, y el 5, 6 y 7 parcialmente llenos. Mi vecino, el de la casa S + 1/2, que siempre andaba cabeza abajo, era un poco más antiguo que yo en la ciudad. Les extrañará lo de cabeza abajo, pero en este sentido quiero decirles que los vecinos de las dos casas que tiene cada número siempre están invertidos el uno respecto al otro; yo digo que mi vecino es el que está cabeza abajo y él dice que soy yo. Relatividad de la vida, como dijo un sabio de su mundo: Einstein, creo que se llamaba.
Un día irrumpió en mi espacio vital una ola de fuertes impulsos, cual rayo que, si te alcanza, te llena de una fuerza vigorosa que te hace saltar y elevarte sobre lo que te rodea; a un compañero lo arrancó de su vivienda y lo lanzó a los confines del universo. En otra ocasión nos invadió una ola de calor, alcanzándome a mí e infundiéndome tal cantidad de energía que elevé mi posición hasta el sector 6. Allí veía como mi distancia al astro central había aumentado; debajo había zonas libres pero yo no podía bajar hasta ellas, porque la energía vital que había dentro de mí me lo impedía.
Así transcurrió un tiempo hasta que, cierto día, noté como mi fuerza bajaba bruscamente, mi pecho se abrió y un rayo salió de mí; me sentí mal y vi como era arrastrado hacia el interior de mi sistema solar, en una carrera vertiginosa que terminó en el sector 2; allí me asenté en una nueva morada y me sentí de nuevo feliz.
Mi calle era ahora P; tenía un nuevo vecino, como siempre cabeza abajo. Desde esta nueva morada, vi la antigua, un poco más alto de donde me encontraba, ocupada ya por otro conciudadano. Mi vida seguía transcurriendo plácidamente hasta que en otra ocasión vi una lluvia de proyectiles que viajaban hacia mi sol; todos pasaban a altísimas velocidades y se perdían en la infinidad del espacio. Pero, como ocurre en algunos de estos casos, la densidad del bombardeo era tal que uno de los proyectiles se incrustó de lleno en mi estrella central.
En ese momento la gran masa estelar empezó a ovalarse y un gran desprendimiento energético llenó todo el espacio; salí disparado como una bala hacia los confines remotos del mundo. Cuando me alejaba pude comprobar lo que le ocurría al sol: materialmente se dividió en dos y cada uno de ellos salió dispersado en direcciones opuestas. Yo seguía avanzando por el espacio. A mi lado viajaba un antiguo vecino; seguíamos rutas divergentes, pero aún nos divisábamos cuando ocurrió lo que yo nunca había visto aunque sí conocía por referencias.
Mi antiguo vecino se encontró con otro ser de mi mundo, idéntico a nosotros pero totalmente opuesto; era como una imagen especular nuestra. Yo sabía por las historias que había oído lo que aquello significaba: transformación de la existencia del ser y la imagen. Esta se dirigía hacia él y él se dirigía hacia la imagen, en una atracción fatal, aunque natural.
Ambos se aproximaron y se enzarzaron en un baile rotacional en el que cada uno giraba alrededor del otro acercándose cada vez más, hasta que ocurrió el final, ambos se dieron un abrazo que sólo puede describirse con una palabra: aniquilación.
Y eso es lo que sucedió: un resplandor mil veces más intenso que el ocurrido con la ruptura de mi antiguo Sol llenó el espacio. Cuando la luz se difuminó, mi antiguo vecino y su imagen habían desaparecido. En su lugar vi una nube que se expandía rápidamente en determinada dirección. Esa era la nueva apariencia de mi vecino hasta que la naturaleza lo hiciera renacer, es decir, aparecer en otro estado.
Seguía mi peregrinar por el universo cuando noté que algo tiraba de mí. Volví la vista y me di cuenta de que un pequeño sol me atraía. Era diminuto en comparación con el anterior, pero yo no podía elegir mi destino. Al fin terminé en su ciudad, que era de un solo nivel, el 1.
Aquello estaba deshabitado y ocupé mi casa, la S+1/2. Ya instalado, me di cuenta que era un sistema solar doble: había otro sol idéntico al mío con un sólo habitante.
Ambos astros giraban uno en torno al otro.
Y así podría seguir la historia de mi vida eternamente, porque, como dije al principio, yo siempre existí y siempre existiré. Pero obviamente en algún punto de esta eterna circunferencia vital debo terminar la narración.
Voy a… ¡me olvidaba identificarme!. Mi nombre actual (antes tuve otros) es N1 LS. M0. S+1/2 y soy un electrón. A lo largo de estas líneas he descrito el mundo del átomo: la ubicación de cada electrón en él, determinada por sus números cuánticos; la imposibilidad de ocupación simultánea de la misma posición de dos partículas; el acoplamiento electrónico por pares (el cabeza arriba y el cabeza abajo del relato). Evidentemente, hay muchas más partículas (neutrón, protón, mesón,…), pero creo que correspondería a ellos contar su historia.
He hablado de mi primera ubicación, comienzo de esta narración, en un átomo de uranio, con la expulsión de electrones por efecto fotoeléctrico, tan magistralmente interpretado por Einstein, de acuerdo con la longitud de onda de la radiación incidente. En otra ocasión del relato se produce mi salto a un nivel superior por excitación térmica, y la posterior caída a un nivel inferior con la consiguiente emisión de un fotón de energía.
Finalmente, ese minimundo es transformado por una explosión nuclear (la destrucción de mi primer sol), tras un intenso bombardeo de neutrones, cuya alta probabilidad de choque con el núcleo, condicionada por la sección eficaz del material en cuestión, provoca la reacción en cadena de la fisión.
Después de esa destrucción, en mi viaje espacial, ocurre una interacción materia-antimateria; la formación de una efímera pareja electrón-positrón, cuyo contacto es la aniquilación (destrucción de mi vecino electrón), y cuya transformación en energía es de tal magnitud que, comparada con ella, la explosión nuclear parece la llama de una cerilla.
Finalmente terminé mi peregrinar cayendo en una molécula de hidrógeno diatómico, donde actualmente me encuentro, a la espera de cualquier fenómeno que pueda afectarme: reacción química, efecto fotoeléctrico, conducción eléctrica, explosión nuclear, interacción materia-antimateria, etc.
Tras esta exposición dando a conocer mi mundo, que también es el suyo, quiero terminar con unas frases, no mías, por supuesto, corrigiendo el título del artículo, y aplicable a todos los entes que ocupamos el universo y que no deberíamos de olvidar. ¿FANTASÍA? Sólo la animación de algo inanimado. ¡REALIDAD! Al menos, la científicamente conocida.
¡HAY MUCHOS MUNDOS PERO TODOS ESTÁN EN ESTE!
SUBOFICIAL MAYOR
D. JOSÉ MUÑOZ CASTILLO
EL CHORRO
