Paseaba con su mochila verde, soltando extrañas carcajadas. Era libre, contento, por encima de la música y los cohetes,
andaba curioso por la feria con su rastro de sudor, viejas alpargatas, sus rastas de pelo oscuro y barba atrasada.
Eclipsado, entre el estruendo de la música y petardos, reía,
estallaba en una ovación de alivio, se abandonaba, porque la tristeza y la soledad de la cárcel, no regresaría. Braceando con los ojos rojos, con ojeras y muy abiertos, vio a una pitonisa que leía las cartas y el destino en un tenderete,
se dirigió a ella, para que averiguara su futuro incierto…
En su alma, la luz de la verdad, reflejó la vejez. Se sintió triste y abatido, su mejor amigo había muerto, pero sacaría rabia y apretando sus puños, torció el gesto.
Caminó hacia el laberinto de calles angostas al amanecer. El engaño de las sombras de las casas, hacían figuras ilusorias,
recordando aquellos años de parrandas, placeres y entuertos…
Extraviado, se encontró con la luz del alba, chocó con la pared. Había llegado a su antigua casa, estaba cerrada. Extendió la mano en la oscuridad, abrió y atravesó el dintel.
Soñó con vivir de nuevo, aunque el rumbo del mundo se desviara, aspiró el aire rancio, se sentó en su butaca y escuchó la caja de música de su niñez…
Jierro
