En Galicia, la presencia del fuego en los hogares cobra una fuerza especial. Tradicionalmente el fuego ha representado fuente de vida: todo un icono para la mitología que ha conseguido inspirar creencias, transmitidas de generación en generación, durante siglos.
La antigua adoración del fuego estaba unida al culto universal del hogar. Hay lugares donde se cubre el fuego todas las noches y se enciende al día siguiente con el de la víspera. Si por descuido u otras causas llega a apagarse, «o fogo morto», indicaba un lugar desierto.
En el siglo XIX el fuego era la deidad protectora entre los lugareños en las montañas de Lugo, «tennos siempre en la prosperidad, siempre dichoso, ti que eres eterno, fermoso, siempre xoven, ¡oh fogar!»…
Galicia desde siempre, ha estado rodeada de un halo de misticismo, por el carácter supersticioso del pueblo. Tanto es así que «la queimada» una de las bebidas más típicas de esta tierra, es buena prueba de ello. Y al prepararla se recita un conjuro para ahuyentar los malos espíritus…
Los lares domésticos aseguraban a la familia su derecho de propiedad y no se confundían con los lares de otra. El hogar debía permanecer aislado, separado de la esfera de influencia de otras familias con lares distintos.
Tener lares u hogares exigía poseer un suelo, una mirada fija: el hogar debía persistir siempre en el mismo sitio, en un recinto cerrado con sus enseres y era impío franquearlo y el deber de la familia era permanecer para siempre agrupada alrededor del hogar.
Era la familia entera la que no podía renunciar a su propiedad, a su casa y a su campo. Hay en toda esta tradición del hogar antiguo un punto de capital importancia para nuestra civilización tecnocrática: la aportación inmensa que el amor hace a la construcción de una casa cuyo centro es el hogar …
Jierro
Imagen: A lareira – Dani Vázquez, CC BY-SA 2.0
