La llegada del nuevo año se remonta a los tiempos en que inventaron el calendario gregoriano, que dividió el año en doce meses (1582). Por esa época se originó el hábito de intercambiar regalos: los héroes de guerra entregaban a sus amigos tres higos secos rodeados por una corona de laurel, que era el emblema del triunfo. Las gentes de paz en cambio, regalaban una ramita de olivo.
En la India se celebra el Año Nuevo entre octubre y noviembre. Dura cinco días y en cada puerta o jardín hay una lamparita encendida que representa el tiempo de la luz, que es el bien, contra los tiempos de la sombra, que es el mal.
A los italianos no les falta en Nochevieja un plato de lentejas en la mesa. Así se usaban las lentejas en el comercio, como si fueran monedas, con esto aseguraban la prosperidad.
En Escocia, la fiesta que se celebra recibe el nombre de HOGMANAY. Consiste en prenderle fuego a un barril que hacen rodar calle abajo, quemando todos los sinsabores del pasado. En Alemania a las 12 de la noche se reúnen en la plaza para soltar doce palomas. Simbolizan el optimismo y la esperanza. En Japón, los monjes budistas hacen sonar campanas 108 veces para limpiar los pecados del año. En China es en primavera, se realiza la danza del león subidos en lo alto de un poste…
La cuenta atrás del año que se va en España y otros muchos países la marcan las últimas 12 campanadas del reloj, que todo el mundo sigue con fervor. A ritmo de las campanadas se come un grano de uva y se pide un deseo. Con este ritual se llama a la buena suerte, y tiene su origen en el excedente de uvas que se produjo en el año 1909 en Castellón donde hubo una vendimia tan abundante que los cosecheros regalaron la uva para que no se perdiera.
Se trata de la leyenda de AÑO NUEVO más extendida por el mundo.
Hay algo de encanto y de magia en el simbolismo de los números: 12 campanadas, 12 meses, 12 uvas…
Jierro
