Con su bicicleta rosa y un sombrero,
entre un diluvio de brisas húmedas y blandas,
grita a los amigos de cerca y de lejos,
en la marisma inmensa, alegre, sin techo,
corriendo por la playa, por los senderos,
para un verano de risas, juegos y charlas,
con espumas de olas de rizado contoneo,
al gozo y la frescura de la mar blanca.
Desde el cielo limpio que encuadra «Roche»,
cantan a los rayos del sol, arriba,
en el pinar verde, las chicharras,
suena monótona su melodía,
de un lado y de otro con notas falsas,
en el calor extremo del mediodía,
la sinfonía también se alarga.
Se reunen todos los años bajo la pimienta,
con el típico olor que sabe a verano,
hacen planes para la feria,
del «Colorao» un lugar cercano.
Su mirada verdiazul viajera,
reflejada en el Atlántico mimetiza,
su cuerpo un poquito más mayor,
su alma inocente de niña…
Jierro
