Es una tarde de domingo, calurosa y agitada, no sólo por el calor, también por la nostalgia de aquellos días felices, cuando tú me enamorabas.
Desde allí divisamos a los ciervos, bajando en manadas, a beber hasta el río, de aquella agua, tan clara…
Galopábamos a caballo, atravesando montañas, volábamos con el viento y él nos empujaba, llegando hasta la cima, donde la maleza era calva.
Jierro
