Leí cansancio en sus ojeras,
el estigma de la soledad ardua,
tímido, aturdido por la soberbia.
Sabía que el curso de su ceguera,
no le llevaba a ningún lugar,
con la camisa empapada de sudor,
sentado en la silla de mimbre,
esperaba inmóvil el momento peor,
velando el mundo de sus sueños grises,
el hilo que lo sostenía pegado al dolor.
Aquella certidumbre amarga, terrible,
en los estertores de la agonía infinita.
Necesitaba palabras de aliento y amor.
Con un recuerdo irreal imposible,
salió en la noche al relente,
sólo entonces, la bruma acogió
su figura, y su cuerpo quedó inerte…
Jierro
