La humanidad nunca ha vivido tiempos tan ruidosos. Por eso es útil apreciar el silencio exterior y cultivar el interior.
En la sociedad y con el ritmo en que vivimos estamos tan acostumbrados a los ruidos que inconscientemente buscamos cubrir el tiempo con más ruidos, sonidos palabras, etc.
Sin embargo cuando todo se apaga nos damos cuenta que en el silencio aparece la magnitud de la vida, la posibilidad de observar las cosas desde una perspectiva más amplia.
Escuchar el silencio está al alcance de todos y se aprende a disfrutar de él incluso cuando se está acompañado. El silencio ayuda a escuchar las sensaciones y emociones y a respetar lo que nos ocurre…
Muchos grandes descubrimientos son frutos de momentos de silencio, instantes de intuición y claridad donde todo encaja y cobra sentido. Podemos resolver situaciones que parecían complicadas y difíciles.
El silencio requiere practicar la escucha interior y, a veces, eso puede asustar. Hay personas que huyen de su silencio para no oír lo que no les gusta de sí mismas.
El silencio requiere una actitud de recogimiento interior que puede practicarse en los actos cotidianos. Ayuda a simplificar, a diferenciar lo importante de lo irrelevante, a cuidarse con más respeto y darse la oportunidad de estar con uno mismo…
Suele ser habitual al conversar con otra persona descuidar la escucha. Con frecuencia se anticipa el discurso propio o una respuesta cuando la otra persona aún no ha concluido su explicación. El resultado es que el otro no se siente escuchado, la comunicación se diluye y pierde calidad.
Escuchar al otro es permanecer en silencio y vacío de pensamientos mientras habla. La impaciencia por querer dar una respuesta puede llevar a no escuchar con atención.
Un silencio puede ser más esclarecedor que muchas palabras atropelladas. Ya lo dice el proverbio árabe: Calla si lo que vas a decir no es más bello que el silencio…
Jierro