El croissant aunque está muy arraigado a la gastronomía francesa, el croissant nació en VIENA (AUSTRIA).
En el año 1683, en VIENA, los soldados otomanos tenían sitiada la ciudad, que, tras Constantinopla, fue la primera conquista importante de Europa.
Tras varios intentos de asalto por parte de los turcos, decidieron atacar por sorpresa, excavando túneles bajo tierra, y así, pasar los muros. Decidieron esperar a la noche para no ser descubiertos.
Sin embargo, no contaban con que los panaderos madrugaban para tener listo el pan a primera hora de la mañana. Los panaderos escucharon ruidos extraños y dieron la voz de alarma discretamente para pillar a los turcos por sorpresa. La ciudad de VIENA salió victoriosa…
El emperador decidió condecorar a los panaderos por su ayuda. Estos devolviendo el agradecimiento, prepararon dos panes: uno con el nombre de «Emperador» y otro con el nombre de «Halbmond» que en alemán significa media luna, como burla a la bandera otomana.
El rey de la repostería se conocía en toda Europa y el mundo hasta que los franceses lo hicieron «suyo» dándole nacionalidad y nombre, la receta del primer croissant hojaldrado se publicó en Francia en 1905.
Los franceses lo hicieron tradicional en su país, y a partir de 1950 es un alimento típico del desayuno francés.
Para hacerlo es necesario dominar el arte de su particular plegado, donde reside su gran secreto.
El día 30 de enero se celebra «el día internacional del croissant», una historia mitad verdadera y mitad fantástica y quizás madurada y enriquecida con el paso del tiempo.
Un pastelero es responsable de que en VIENA siga escuchándose ópera y no llamadas a la oración desde algún minarete.
Hay otras versiones de su origen, también se dice que llegó a Francia gracias a María Antonieta a finales del siglo XVIII…
Jierro
