De pequeñas hemos comido miles de chicles, hemos cortado algún que otro mechón de pelo, se nos ha pegado en las suelas de los zapatos o en la ropa de alguien que se lo encontró pegado en un asiento…
Recuerdo aquellos chicles de fresa duros y azucarados, los famosos chicles BOOMER que se estiraban y a veces lo restregabamos en el azúcar… la golosina más famosa de nuestra infancia.
Existen ciertos experimentos de laboratorio que sugieren que masticar chicle estimula la memoria, la atención – concentración, reduce la ansiedad y el estrés y puede ayudar a combatir la demencia…
Los mayas ya mascaban chicle del árbol CHICOZAPOTE para limpiarse la boca, mitigar la sed en épocas de sequía y aumentar la salivación.
Actualmente la goma de mascar tiene como materia prima un derivado del petróleo, aunque todavía hay comunidades que luchan por mantener y vivir de la tradición chiclera maya. Un producto orgánico, alejado de los derivados del plástico.
El proceso de extracción consiste en golpear el tronco del chicozapote de donde instantes más tarde brotan gotas de un líquido blanquecino.
Los chicleros con una simple cuerda trepan por el árbol para acuchillarlo desde la base hasta las ramas más altas.
Con el árbol sangrando de resina en forma de riachuelo durante toda la noche, hierven luego la materia en grandes ollas, removiendo para que no se pegue hasta que la savia adquiere un color caramelo y una consistencia viscosa. Se pone a secar y se añaden sabores con productos naturales para crear un chicle totalmente orgánico.
Muchas otras culturas han masticado sustancias similares: una macilla hecha de la resina del lentisco, la brea de la corteza del abedul…
Se cree que se ha usado para mantener la salud oral sustancias similares al chicle hechas de plantas, hierbas y resinas…
Jierro
