Remando al ritmo del viento,
al atardecer en una tabla,
el mar dorado y sereno,
su silueta difuminaba,
era su forma de rezo,
donde cada día meditaba.
No tenía noción del tiempo,
el tiempo todo lo aclara,
para mantener el equilibrio,
tuvo que caer muchas veces,
en los caminos del agua,
pero una fuerza interior,
aún lo mantenía firme,
con una disciplina sana.
Ya se ocultaba el sol,
como música de danza,
cuando encontró a unos niños,
esperándole en la playa,
¿Quizás quieras enseñarnos?
le preguntan admirados:
¡Eres maestro del agua!…
Jierro
Imagen: Aditya Siva msaditya9, CC0, vía Wikimedia Commons
