A lo largo de la historia existió la cruel costumbre conocida como «emparedamiento» o «voto de tinieblas». Esta acción de encerrar a una persona entre cuatro paredes se realizaba a modo de castigo, pero a partir de la EDAD MEDIA, esta práctica pasó a convertirse en algunos casos, como forma de acercarse a Dios a través de la oración y la penitencia. Estás personas se encerraban por el resto de su vida en pequeñas celdas. Eran conocidas como Emparedadas o Muradas.
Que el emparedamiento era un hecho consentido y admirado por la gente lo demuestra su implantación generalizada por toda España. A diferencia de otras opciones de vida religiosa, esta reclusión no exigía grandes ni vistosas infraestructuras. Tampoco obedecía a una normativa clara. Cualquier lugar podía ser bueno si ofrecía el aislamiento oportuno. De ahí que encontremos celdas reclusorias en cualquier rincón, desde las del interior de las parroquias para poder escuchar la misa diaria, hasta las casas particulares…
Los habitáculos estaban dispuestos donde pasara más gente, buscando así que el encierro conmoviera a los transeúntes y les animara a ofrecer limosna. A menudo, los habitáculos estaban dispuestos en los márgenes de aquellas calles o puertas principales de las ciudades. Hubo celdas enclavadas sobre las vías de comunicación o peregrinación como las que atravesaban Estella, Astorga, Roncesvalles, Burgos o Pamplona. Pero igualmente, en localidades menores y alejadas de las grandes ciudades.
En España como ejemplo, en el siglo XVII, encontramos en GRANADA, el caso de una monja que fue descubierta cuando huía del convento, en el monasterio de Santa Isabel la Real, junto a su amante. Ambos fueron apresados, siendo los dos declarados «culpables». Él fue ahorcado, mientras que la monja fue emparedada entre las paredes del convento…
Hasta el siglo XIX hubo mujeres de toda condición (laicas o religiosas, ricas o pobres) que arrastradas por una fe llevada al extremo se entregaban a la oración y la contemplación. Para poder llevar esta vida de penitencia además de la autorización de familiares y el obispo local, debían demostrar que tenían los medios económicos suficientes para mantenerse a sí mismas. Todas hacían voto de castidad y obediencia pero no tenían porque hacer voto de pobreza, así que algunas de ellas solicitaban una celda al lado de la iglesia, cuyo coste corría a su propio cargo, al igual que los libros y enseres que necesitara. Otras muchas recibieron limosnas de peregrinos y donaciones…
Las condiciones de vida eran muy duras y no muy higiénicas, dependiendo de la ayuda externa para llevarles comida, eliminar sus desechos, traerles remedios, etc… Solían tener como mascota a un gato. Otras mujeres de la época decidieron encerrarse en su propia casa. Podía ser en solitario o junto a 2 o 3 compañeras más, tal es el caso de las Beguinas que fueron acusadas de herejes por la INQUISICIÓN por entregarse a Dios al margen de las estructuras de la Iglesia…
Jierro
