Arde un fuego inmenso en su mirada,
conserva el oscuro de la piel moruna,
harto de textos heroicos y políticos,
enamorado de la tierra y la literatura,
contempla el campo seco y amarillo.
Sintió que su tiempo ya se acaba,
los bosques y montañas son su fortuna,
donde posa su sueño cada mañana,
con ojos perspicaces de hombre Íbero,
le teme al estío que quema y arrasa.
Anota en su diario palabras sabias,
que esconden soledades del ayer lejano,
mientras el índigo cielo sobre los montes cae,
olvidado de lluvias que siempre pasan,
y convierte en desierto al fértil suelo,
esclavo de los cambios que el tiempo trae,
y pasto de quien quiera prender el fuego…
Jierro