Pitaba el tren, bajo la fina lluvia
paró en la pequeña aldea despoblada,
en la estación cercana al río de agua turbia;
ya desde tiempo cerrada y aislada
pero su reloj exterior aún sonaba con furia,
quizás porque nadie ya lo miraba.
Nos apeamos y el viaje se transformó en noche oscura,
a lo lejos, las luces de las casas centelleaban,
parecían fogatas en el campo encendidas,
la brisa húmeda traía olores a matanza…
Por estos lares esa costumbre existía,
para pasar el invierno con la despensa colmada.
Los vecinos agrupados y pasando el aguardiente
ayudaban al matarife en la sangría…
Sin dejar de remover la sangre en el lebrillo,
se preparaba el embutido para las morcillas,
cociéndolas en agua hirviendo dentro de un perol
le daban vueltas, mientras se colgaba al gorrino…
Es un trabajo en cadena, laborioso, pulido…
Al almuerzo, freían con tomates las asaduras,
seguía la tarea llenando tripas de chorizo y salchichón,
el tocino y jamones curaban en salmuera,
el lomo en manteca iba de la sartén al orzón…
Después de tres días de fiestas y pitanzas, completas las tinajas.
Con las talegas llenas, unos a pie y otros en tren, regresamos a casa..
Jierro
