Antaño, al escalar una montaña, los guías se descalzaban en los puntos más difíciles, empleaban sogas de cáñamo y se valían de pértigas y bastones. Ahora, al multiplicarse la afición, una extraña mezcla de sonidos y colores se percibe en las esbeltas paredes: gruñen las cremalleras, cruje el plástico, tintinea el aluminio, repiquetean los martillos… y bajo esa música brillan los anoraks y las chillonas cuerdas de nylon, las prendas de poliéster… todo esto es nuevo, pero algunas cosas se mantienen inalterables…
La relación entre los humanos y la montaña ha sido la constante en la historia, aunque la tendencia a escalar picos muy por encima de lo habitual apenas tiene dos siglos de antigüedad… Ante los riesgos de las cimas altas, la mayoría de la gente prefieren recorrer montes menores aptos para excursiones campestres o fiestas sociales.
La montaña reúne en torno suyo las energías de la vida, las fuerzas de la Naturaleza se manifiestan en ella con plena intensidad. Todo parece irradiar un alto grado de pureza y se percibe de una manera muy sutil el aire que se infiltra en los pulmones, la fuente cristalina y su agua viva, los rayos ultravioletas que hormiguean nuestro cuerpo y la tierra arcillosa que la hierba colorea y hace que nos descalcemos…
Algunas montañas forman parte de la vida diaria y ayudan a situarnos en el espacio, esas sierras sobre las que parece detenerse el sol a mediodía o aquellos oteros que se elevan solitarios donde unas nubes auguran cambios en el tiempo. El cerro o la colina donde está enclavada una ermita…
Todas son elevaciones con nombres populares, que rompen la monotonía del paisaje y se alcanzan con poco esfuerzo y nos lleva a fechas señaladas o el simple disfrute, siendo a menudo la vista la que lo hace.
Tiempo atrás, vivíamos rodeados de cosas mucho más naturales: aldeas, casas, ropas y alimentos tenían ese tacto impagable de lo orgánico, por eso, ahora quizá, en este mundo cada vez más desvitalizado, se hace necesario acercarse periódicamente a esos lugares que todavía resisten, a esas sierras donde se cobijan hoy las plantas, los animales y las aguas que antes se esparcían por los llanos.
Ahora la necesidad del contacto es mayor al desnaturalizarse los antiguos alrededores de la ciudad. No los alegran ya bosquecillos y riachuelos limpios, sino aburridos campos sin árboles, sin trinos de pájaros, sólo ruidos de desagües que enfermarán al mar… Y cada vez, de tanto en tanto, nos vamos un poco más allá…
Jierro