Cuanto más futurista parezca ser algo, más rápidamente se derrumbará en el pasado.
Las cosas que nos seducen porque son «LO ÚLTIMO» se vuelven antiguallas en cuanto dejan de ser novedad.
Ni hay tecnología nueva que no venga acompañada por una nube de promesas mesiánicas: el telégrafo fomentaría la fraternidad entre los seres humanos y haría por lo tanto imposibles las guerras; la televisión sería el instrumento donde todo el mundo podría educarse, cosas semejantes se decían de las redes sociales. Darían voz a los que carecían de ella, favorecerían el surgimiento de grandes impulsos colectivos de liberación y de igualdad.
Ahora empiezan a aparecer voces críticas: si el dinero da poder, los gigantes de Internet hoy son más poderosos que muchos gobiernos…
Hace veinte años, Internet prometía ser un espacio de libertad, una democracia global donde los derechos civiles no podían ser sometidos. Pero su aspecto actual es más bien el de un centro comercial planetario en el que los usuarios de a pie ya ni siquiera somos los clientes. Sólo somos el cebo. Nuestros datos personales, nuestras comunicaciones, nuestros movimientos online… en definitiva nuestra intimidad, son la mercancía que enriquecen a Google, Facebook y sus compañeros de viaje. Ellos son, hoy, más poderosos que cualquier imperio de la historia.
Cuando buscas algo en Internet te persiguen anuncios y avisos de productos parecidos mientras continúas moviéndote por el sitio. Facebook alega que nos manda sus cookies para personalizar y optimizar nuestros servicios.
Sin embargo todo esto no implica que no vaya a seguir husmeando los movimientos en Internet y guardando constancia de ellos. Si sigues determinada línea política, si tienes un problema de salud, si estás buscando trabajo, pareja o alojamiento… todo eso se deduce por las páginas que visitas.
¿Qué pasa con toda esa información? ¿Cuánto pagarían por ella timadores, compañías de seguros, anunciantes…?
Facebook, igual que Google, insisten en que no la venden y que sólo la registran para «mejorar la experiencia de usuario». Aún así, sigue la duda…
Jierro
