Han nacido margaritas amarillas,
en las riberas del río seco,
cubierto de cascotes y cenizas,
después de explosiones y bombardeos,
nada queda, tierra yerma y esqueletos,
sólo un paisaje destrozado,
la noche estrellada y el silencio.
Filas de coches de refugiados,
y de golondrinas que vuelan al sur,
en un laberinto de muertos inocentes,
un día oscuro en una ciudad en llamas,
donde el humo abría sus brazos ardientes,
destruyendo palacios y mezquitas milenarias,
cerámicas, retablos: al mundo legado.
¡POBRE PATRIMONIO HISTÓRICO!
¿Qué puedes hacer tú?
Yo, tengo que llorar sin lágrimas,
por los hombres que se creían importantes,
y no comprendían las palabras de amistad,
sólo palabra de enorme soberbia,
adornadas de cretina suficiencia,
incapaces de vivir en PAZ,
porque querían llegar a ser señores.
Y así fueron:
«SEÑORES DE LA GUERRA»…
Jierro
