Aquel viejo tren de hierro tenía asientos de tablas, las ventanas se abrían y por ellas me asomaba, decía adiós a la gente que paradas agitaban los pañuelos al aire. El paso en el tren de un vagón a otro era una temeridad, pues con tanto traqueteo era muy fácil caerse…
Hice un viaje largo, con olor de humo y hollín. Iba tan exaltada y ensimismada en el paisaje que hasta que me dijo con toda solemnidad y estrechándome la mano: «Buenos días señorita, encantado de conocerla»… no vi al viajero que tenía sentado enfrente. Era un anciano herrumbroso que llevaba una canasta de mimbre llena de viandas… Su pelo rojizo parecía fusionado con la tierra que cultivaba… Me invitó gustoso e insistiendo a que probará los frutos que había recogido de su cosecha…
El tren se deslizaba lento por la vía helada, salpicando la escarcha caída al alba. Paraba en todas las estaciones, silbaba anunciando su llegada, las ruedas frenaban lentamente y los viajeros impacientes por subir o bajar con paquetes y maletas, ayudando a mayores y pequeños… ¡qué barullo, cuánta gente!…
Una vez acomodados, el tren volvió a silbar despidiéndose con lloros, consejos y muchos recuerdos para los familiares, amigos y la pregunta: ¿cuándo volverás?… ¡¡¡Escríbeme a vuelta de correos!!!, ¡¡¡Te pondré un giro postal!!!!
Llegó el jefe de estación con las barreras echadas, su gorra reglamentaria y en la mano un banderín dando la salida…
Obreros, estudiantes y campesinos viajan a la capital… Decían entre ellos «yo volveré en el mixto» o «tal vez en el catalán», «si puedo en el correo, más barato me costará», «pues la cochinita es más rápida, aunque cueste más»…
Empezó de nuevo el tren a correr por la vía con el rechinar de la maquinaria y los olores característicos de las mercancías que llevaban cada uno. Había un vagón que iba casi vacío, pues la gente se cambiaba porque no podían soportar los olores y fueron a quejarse al revisor. Éste fue a preguntar a la pasajera: ¿Me puede decir qué lleva en la cesta?… A lo que ella respondió: queso y bacalao auténticos…
También viajaban con nosotros los pavos, las gallinas, los conejos… todos en jaulas o cestos para vender en el mercado junto con otros productos del campo. Tan distraída iba observando y charlando con mis compañeros de viaje cuando me di cuenta que el tren paraba en la pequeña estación donde yo tenía que apearme…Tan nerviosa me puse por mi despiste que abría la puerta contraria y estaba bloqueada…
El tren volvía a silbar y ya en marcha, entonces sin pensarlo tiré de la alarma, pues ya era de noche y… había un largo puente, a continuación un túnel al que no se le veía la salida; el tren paró en medio del puente… Llegó el revisor preguntando: ¿Quién ha parado el tren?… Excusándome como pude, el buen señor tuvo que bajarme en brazos con todo el peso sobre él… ¡qué apuro!…
Cuando ya marchó el tren por un lado y yo en dirección opuesta, una vecina se acercó a preguntar: ¿Qué ha sucedido para que se pare el tren en el puente?… Entonces me di cuenta que al otro día iba a ser la comidilla del lugar y saldría el los periódicos locales, así es que miré como quién no sabe nada y me hice la loca… Seguí mi camino hasta otro nuevo viaje en el medio de locomoción que más me gusta… EL TREN…
Jierro
