Aquella tarde violeta y malva,
paseábamos en el río, por sus orillas.
Tus ojos hablaban con la mirada
y sin decirlo, cosas me decían.
No quería escuchar, estaba confundida,
adivinaba lo que tus labios reprimían.
El mal presagio me inundó de lágrimas,
lo hubiera arrojado a las aguas turbias,
donde los peces lo empujarían hasta el mar.
Era evidente, confesaste sin mirarme,
gemían los tamarindos y cañaverales,
callaron las garzas, entonces me llevaste del brazo;
frente al puente, por allí cayeron los anillos.
Que la corriente arrastrará a otra orilla…
Jierro
