Bello y profundo, hasta el Arroyo Hondo,
en el verdor del barranco el pueblo se derrama,
a esta hora del cenit invernal,
en la torre de la iglesia suenan campanas.
El balcón de la plaza mira al Hacho,
pues allí, desde arriba, los aires se cambian,
la brisa del norte troca su rumbo,
y el sol caliente extiende sus alas.
En las calles tranquilas se oyen suspiros
de los corros de niñas que antes cantaban,
juegos de pelotas llenos de griteríos,
algún cristal roto en las cerradas ventanas.
Las calles empinadas con anchos escalones,
y en ambas orillas sus paredes encaladas,
resaltan el vivo colorido de las flores,
los gorriones en las puertas comen migajas.
Sin querer, resbala por mi mejilla,
una lágrima de amor y nostalgia
en el solsticio de invierno y de mi alma…
Jierro
