Sin un tropiezo, sin un desaliento,
se ocupaba de viva voz de los detalles;
que nadie dijera que no era el dueño…
Cantaron los gallos a la aurora,
hubo otros amaneceres antaño
en que ellos enmudecieron a esa hora,
obedeciendo las órdenes del amo.
Con la camisa sudada y sucia,
las botas llenas de barro,
se acostó en la hamaca del patio.
Dieron las doce en el reloj de la Torre,
el sol estaba en el punto más alto.
Ella había entrado sin tocar la aldaba,
se quitó el sombrero, lo dejó en el porche,
se acercó al clavicordio muy relajada
arrancando en sus cuerdas música antigua de siglos.
Luego, se acercó por la espalda a consolarle,
empezó a rascarle la cabeza y acariciarle.
Tenían que aprovechar el tiempo sin su presencia.
Ya no les separaba el silencio o la soledad,
ahora, todo empezaba a encontrar su esencia…
Jierro
