Sentada con la caja de los hilos,
en la silla bajita, heredada de su abuela,
hasta altas horas de la noche, en el silencio,
la cabeza inclinada, con agujas y telas faena .
Duermen los niños contentos,
sin miedo, porque su Ángel los vela,
y nadie interrumpe sus sueños
ni perturba las fantasías o quimeras
del trajín de la escuela y los juegos.
Mientras tanto, aquellas manos, puntadas tras puntadas,
hilvanan, pasan la máquina, sobrehilan
los patrones que antes las tijeras cortara.
Al fin terminan su trabajo entumecidas,
sin quejarse al resistir una y otra vez las hiladas.
Con los ojos semiabiertos, las costuras repasa y examina,
tal vez, antes que penetre la luz del sol, al alba,
ya pueda descansar entre las blancas sábanas…
Jierro
