Desde el rancho, ensimismado,
mira al campo que verdea,
bajo un cielo añil violáceo,
huele y aspira el aire perfumado
que el viento trae de olorosas yerbas.
Tiene esa expresión serena
del hombre que la verdad proclama,
y espera el día llegado a viejo,
sea, la muerte un sueño sin mañana.
Atrás deja el río que corre por la Vega,
entre huertas de limones y naranjas .
Lejos, la sierra salpicada de encinas y algarrobos,
olivos centenarios entre piedras azuladas,
los caminillos sin trazos de los esparragueros,
que serpean entre quejigos por las agrestes montañas.
Frente a su casa, la eterna estación de Las Mellizas»
Tradición y leyenda de comercio y riqueza,
cuando el tren era el reloj de los vecinos.
Ahora de tarde en tarde suena un silbido…
Jierro
