Tras los cristales observaba el vendaval,
los árboles de la calle tiritaban de frío,
el caballo echaba humo por la boca,
se escuchaba cantar al pajarito del agua.
Dentro de la casa las paredes rezumaba humedad,
el hombre de la cabeza gris con su zamarra
salió al campo para arreglar caminos,
tropezó con los rigores naturales del invierno.
Las fuertes lluvias habían arrastrado piedras y ramas,
rodaron tres pinos por el barranco crujiendo.
Ya no era joven, con menos fuerza, mohíno,
lamentó aquel desastre después de la larga sequía,
amontonó en el carrillo la hojarasca, los frutos pequeños
que estaban esparcidos cuando se rompió el muro primitivo.
En el fondo estaba contento, era reserva de agua.
Ahora, durante la primavera y el verano:
crecerán los árboles, vestirán al campo de colorido,
correrá el agua por el hondo cauce del arroyo…
Las alondras y otros pájaros harán sus nidos
cantarán y renacerá la Naturaleza con sus trinos…
Jierro
